El hándicap digital de las falsas noticias

Madrid, 18 de agosto 2017.- Los profesionales de la comunicación, y del periodismo, estamos fráncamente preocupados por esta ecuación: Falsas noticias + Internet = Manipulación de la Realidad. Uno de sus hitos está en las últimas elecciones en Estados Unidos. Hay numerosas informaciones sobre la fabricación masiva de noticias falsas contra Hilary Clinton y a favor de Donald Trump y viceversa. O también el espionaje de Macron en las elecciones francesas. Estas noticias falsas usaron todos los canales digitales de influencia para manipular a los votantes.


En el siglo XX, la edad de oro de la prensa, también se produjeron noticias falsas que llegaron al papel de los periódicos, a las emisoras de radio y a la televisión. Sin embargo, los periodistas fueron siempre ese filtro o esa barrera para contener eficázmente toda clase de intoxicaciones informativas.
Hoy, sin embargo, los diques de contención digitales contra las falsas noticias no son nada eficaces. Internet, sinónimo de tiempo real, instantáneo, sin comprobaciones y calidad asociada al canal exige nuevos filtros, nueva edición digital de contenidos. Y aquí las redes sociales tienen una responsabilidad y un compromiso ineludibles.

 

El canal como certificado de calidad

El perfil de un influencer en Facebook, Instagram o Twitter puede arrastrar la conformación de opinión de cientos de miles de personas. Sin ninguna barrera. Precisamente, Facebook, a raíz de las falsas noticias en las elecciones americanas ha aumentado su equipo de profesionales/censores. Sin embargo, esta iniciativa que parecía transparente y necesaria ha recibido críticas por su opacidad, según ha publicado recientemente el diario El País:

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“Lo que Facebook está haciendo para erradicar el discurso de odio de la plataforma puede ser la operación de censura global más opaca y extensa de la historia”, escribían Julia Angwin y Hannes Grassegger en un reportaje para la web de investigación ProPública el pasado junio. En él, analizaban otros de los documentos internos del gigante social que marcan las directrices que sus censores utilizan para distinguir entre un discurso de odio y una expresión política legítima. Estos documentos reflejan que Facebook no elimina las esvásticas bajo una regla que permite “exhibir símbolos de odio para mensajes políticos” y protege a los hombres blancos antes que a los niños negros en base a una serie de reglas que tienden a perjudicar a las minorías. El artículo con más interacciones en Facebook en los tres meses previos a las últimas elecciones estadounidenses, según un análisis del portal de contenidos Buzzfeed, fue una información falsa que aseguraba que el Papa Francisco respaldaba la candidatura de Donald Trump. Este informe ponía de manifiesto que las 20 noticias falsas más populares de 2016 tuvieron prácticamente un millón y medio más de interacciones que las 20 verídicas más compartidas. Pero las mentiras van más allá de los medios. Un estudio de la universidad de Oxford publicado en julio de 2017 sobre manipulación organizada en redes sociales expone una lista de una treintena de países —entre los que figuran Alemania, Reino Unido, Brasil, Israel, EE.UU., Rusia y México— en los que diversas organizaciones han utilizado bots para inundar Facebook y Twitter con noticias falsas con fines políticos”.

El papel del periodista

Ya existen planes para combatir las falsas noticias en Internet. Es el caso del programa del navegador Mozilla. Sin embargo, en el pasado no eran necesarias tantos caminos para llegar a las informaciones verídicas.

redaccion New York Times
Es el momento de reivindicar el papel esencial de los periodistas como guardianes efectivos contra las falsas noticias. Más que nada porque llevan décadas realizando esta labor. Y son expertos muy fiables si revisamos las grandes exclusivas: Watergate, los Papeles del Pentágono, corrupción política en países europeos, operaciones empresariales, malas prácticas deportivas, etc. Por cierto, esta reivindicación también puede chocar con los intereses de las empresas periodísticas, pero esta es otra circunstancia digna de análisis en otro momento.

El periodista tiene la capacidad de contrastar en varias fuentes de información la veracidad de cualquier información. Tiene acceso a portavoces de las administraciones públicas y privadas. Un ciudadano no. De ahí, la insolvencia del periodismo ciudadano, un término que se deshace en su propia definición. Quizás también es el momento para que los periodistas utilicen los mismos canales digitales contra las falsas noticias.
Tan sólo faltaría combatir los robots y logaritmos que crean automáticamente noticias falsas en cualquier red social o medio digital. Al igual que se han creado estas máquinas, también se pueden construir sus “opositores digitales”. En definitiva, detrás de una falsa noticia siempre hay personas con unos intereses. En nuestras manos está seguirlos o despreciarlos. ¿No crees?.

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